EL SEXISMO EN LOS DIFERENTES GRUPOS CULTURALES
Una de las cuestiones cruciales en este tema es si las diferencias entre hombres y mujeres se deben a su propia naturaleza o son aprendidas culturalmente desde la infancia. No son pocas las teorías que se inclinan de uno u otro lado y, por otra parte, es muy frecuente el abuso de los tópicos y de los prejuicios para estudiar esta variable en el terreno de la sociolingüística.
Las primeras investigaciones sobre el rol del sexo en el uso de la lengua apuntan a una consideración feminista, basada, obviamente, en el dominio social del hombre sobre la mujer, que se refleja en los usos lingüísticos de ambos. Baste con observar la postura de Lakoff (1975), claramente encaminada a buscar y a subsanar las desigualdades entre los sexos a través del uso y de las interpretaciones lingüísticas.
Por otra parte, el interés por observar dicha distribución en etapas infantiles ha dado lugar a diversas investigaciones sobre las distinciones entre la lengua de los niños y las niñas. Si se mantiene que las diferencias biológicas existentes entre ambos acaban por convertirse en distintas formas de hablar que se consolidan en la etapa adulta, estaremos ante una aproximación del sexo o del género basada en la diferencia. Si, por el contrario, se considera que las diferencias entre los sexos vienen dadas por la distinta socialización de que son objeto los hombres y las mujeres, estamos ante una aproximación basada en el dominio. Dominio y diferencia son, por lo tanto, los dos pivotes sobre los que han girado los análisis del sexo o género.
Una concepción más realista de la influencia del factor sexo en los usos de la lengua debe estar basada en el estudio del comportamiento de hombres y mujeres en relación con otros hablantes y en la producción de su discurso en cada tipo de sociedad (Lozano 1995:75), relacionando las distintas formas de hablar con las distintas formas de interactuar, ya que, como señalan Cameron y Coates hay demasiados componentes sociológicos que deben ser incorporados en la metodología sociolingüística (1993:24). Analizar la interacción sociolingüística da como resultado un mejor conocimiento de las distinciones lingüísticas entre los sexos (Eckert y Mc Connell-Ginet 2003:50, Kendall y Tannen 2003:548).Con respecto a las diferencias de géneros, los dos ámbitos de trabajo establecidos por la sociolingüística coinciden plenamente con las dos líneas de acción de las lenguas. Por un lado, el estudio del sexismo pone en evidencia cómo la visión dominante de la sociedad y de las relaciones entre los géneros es, predominantemente, masculina.
La segunda línea de investigación se ha dirigido, en cambio, a tratar de elucidar si existe un sociolecto femenino (una forma de habla típicamente femenina) o, al menos, un estereotipo de habla y conversación femeninas. La existencia de diferencias lingüísticas asociadas al género implicaría tanto la existencia de diferencias sociales (especialmente, diferencias de poder) como de diferencias culturales (una visión diferente de la realidad, diferentes valores y diferentes comportamientos sociales). Esta línea de trabajo permite, además, valorar la naturaleza y la intensidad de los cambios sociales, puesto que las diferencias existentes parecen estarse atenuando. Este cambio estaría vinculado tanto con el rechazo de la mujer de los distintos estereotipos sociales y lingüísticos como lo que Fairclough denomina la "democratización" del discurso, que conlleva que las asimetrías de género en el discurso se vean cada vez más cuestionadas (Fairclough 1992, capítulo 7)Entre las aportaciones de la sociolingüística al estudio del habla femenina destaca la contribución de Robin Lakoff (1975 y 1982). Esta autora propone la existencia de un conjunto de rasgos lingüísticos que aparecerían con mayor frecuencia en el habla de las mujeres, especialmente en las conversaciones mixtas. Estos rasgos diferenciales se presentarían en todos los niveles lingüísticos.
Igualmente, de acuerdo con Lakoff, las mujeres utilizan giros y fórmulas de cortesía que sustituyen a las formas imperativas (por ejemplo: "¿no te apetecería ir al cine?" o "¿por qué no vamos al cine?" en lugar de "vamos al cine"). Emplean, además, elementos que atenúan sus afirmaciones o expresan duda (por ejemplo, modalizadores epistémicos, como "creo que es así", "quizás/ probablemente, sea así"). Por último, recurren, a menudo, a preguntas eco ("¿no te parece?", "¿verdad?", "¿no?", "¿eh?") con las que tratan de asegurarse de que cuentan con la aprobación de su interlocutor, evitando el conflicto. En el nivel discursivo, Lakoff señala que las mujeres citan, con frecuencia, las opiniones de otros individuos o grupos que corroboran y legitiman las propias afirmaciones (citas de autoridad). La presencia de estos recursos en la interacción se incrementaría en los contextos comunicativos en los que se hacen más patentes las desigualdades de poder (conversaciones mixtas y contextos particulares, como los tribunales, etc.: véase, O'Barr y Atkins, 1980).
Sin embargo, todos estos rasgos deben ser considerados como elementos lingüísticos que conformarían el estereotipo de habla femenina, antes que como marcadores de género o elementos que definen a un sociolecto femenino. Estereotipo que responde también a cómo se enseña a hablar a las mujeres, el cual negaría a la mujer la posibilidad de expresarse con fuerza y rotundidad, y favorecería una expresión ligada a la trivialidad y a la falta de criterio propio4. Las mujeres pueden adherirse en mayor o menor grado a este estereotipo y la sola presencia de alguno de estos rasgos puede servir para evocarloLos estudios sobre el sexismo se han ocupado de cómo las lenguas "tratan" a las mujeres. Se parte de la hipótesis de que en la lengua común aparecen una serie de recursos y estrategias lingüísticas que desempeñan un papel en el mantenimiento de la dominación masculina, ocultando la participación de la mujer en la sociedad, imponiéndole una imagen estereotipada y silenciando sus puntos de vista. La cuestión es, por tanto, evaluar si existe, de hecho, sexismo en la lengua y a través de qué recursos se manifiesta.
Entre los fenómenos en los que los lingüistas han encontrado con más frecuencia manifestaciones sexistas figuran reunidos en Bernis et al. 1991, en particular García Meseguer, 1991): el desequilibrio en las formas de tratamiento que señalan la falta de independencia que se atribuye a la mujer, así como las diferencias de status (términos que marcan el estado civil de la mujer como "señora "/"señorita" o "mi mujer"/"mi marido"; uso frecuente del nombre de pila y sus diminutivos para la mujer, frente al uso del apellido para designar al varón); fenómenos que imponen a la mujer una imagen descalificadora como duales aparentes (con distinto significado en masculino y en femenino: "un profesional"/"una profesional"); asociaciones estereotipadas ("mujeres listas o histéricas" frente a "hombres inteligentes o estrenados"); vacíos léxicos para referirse a ciertas cualidades y actividades, presentándose un problema cuando el referente es una mujer ("hombre de estado"; "caballerosidad"); insultos que atribuyen el universo de lo positivo al género masculino ("ser cojonudo" frente a "ser un coñazo") y refranes sexistas (véase Calero, 1990): fenómenos que ponen de manifiesto el arraigo de una visión masculina de la sociedad y de los actores sociales: vocablos androcéntricos, especialmente, el léxico de la sexualidad, que transmite y afianza una visión violenta del acto sexual, como forma de sometimiento del otro, mientras que todo lo que se refiere al gozo y al placer parece reducirse a los que experimenta el género masculino (véase García Meseguer, 1988: 182; Calero, 1991: 381); ausencia de formas, femeninas en el léxico referido a oficios y profesiones. La incorporación de la mujer a cargos públicos y la tendencia, cada vez mayor, de los hablantes a marcar el género plantean problemas
viernes, 25 de junio de 2010
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